Capítulo XI
VI
Llegamos al capítulo V, que aunque no sea el último del libro (recordemos que es el capítulo VI, ya tratado con anterioridad) sí acabamos con él el recorrido por este libro extraordinario, repleto de fulgores intelectuales como los propios textos de los que se nutre para articular y estructurar su discurso, del que se desliza constantemente la posibilidad real de encarnar lo que vehicula, a saber, el mundo de las ideas y los principios universales, este capítulo, decimos, trata de la Cábala de Safed.
En esta pequeña ciudad de Galilea, situada al norte de Palestina, tuvo lugar nada menos que otro renacimiento de la Tradición, dos siglos y medio después del esplendor de la Cábala española, heredera de la de Provenza y el Languedoc. De hecho, existe un hilo de continuidad que de alguna manera enlaza la Cábala sefardita con la de Safed, en el sentido de que en dicho renacimiento tuvieron mucho que ver los judíos expulsados de España, que aunque se expandieron por distintos lugares del Mediterráneo, la península Balcánica, Turquía y Cercano Oriente, una parte importante de ellos arribaron en sucesivas oleadas a Safed a lo largo de casi todo el siglo XVI, y allí se instalaron definitivamente. Safed llegó a ser un microcosmos del universo judío y un crisol de sus diversas corrientes culturales:
Safed se caracteriza entonces por una maraña de diferentes comunidades; a los autóctonos y a los españoles divididos en castellanos, cordobeses, catalanes, se añaden los judíos italianos, húngaros y portugueses. (216).
Uno de esos judíos españoles, o de origen español, fue Moisés Cordovero (1522-1570), cabalista de una amplia obra, entre la que destacan El Jardín de Granadas (Pardés Rimonim), La Dulce Luz (‘Or Né’érab) y la Palmera de Deborah (Tomer Deborah). Es basándose en estas tres obras que nuestro autor profundiza en el pensamiento de Cordovero, un pensamiento que está influido por el Zohar y la obra de Abulafia fundamentalmente, es decir por las dos ramas principales de la Cábala, la teosófica y la extática, que él intenta conciliar, labor ésta que fue también la de Isaac Luria y otros cabalistas de la escuela de Safed. En realidad, todos los cabalistas de Safed (Salomón Alkabatz, José Caro, José Zaragozano, Moisés Cordovero, Elijah de Vidas, Isaac Luria, Hayim Vital, etc.), son depositarios de una herencia vastísima y riquísima, la cual asimilaron junto con la talmúdica y la filosófica, ampliando y profundizando ideas cosmogónicas y metafísicas ya esbozadas por los antiguos cabalistas españoles y provenzales (por ejemplo el concepto de Tsim Tsum, que Luria desarrolla junto a otros importantes aspectos doctrinales), pero también «fijando» toda esa herencia en los textos que elaboraron con el fin principal de seguir alimentando la llama perenne de la Tradición y su continuidad a través de las luces y sombras de la historia humana. Por otro lado, el destino quiso que ellos acometieran el proyecto inmenso de adaptar toda esa herencia en un tiempo nuevo que cristalizó en el Renacimiento, la invención de la imprenta y el descubrimiento de América, este último acontecimiento ocurrido en el mismo año en que se hizo definitiva la expulsión judía de España, asunto que marcaría un antes y un después dentro del conjunto de la sociedad judía, en donde la Cábala, gracias sobre todo al Zohar, había penetrado en las capas populares, que encontraron en ella el necesario soporte emocional, moral y espiritual.
Es por eso que, como Escuela de Cábala, la de Safed ha sido considerada como la más importante de todos los tiempos. El centro, en torno al cual se nucleó, no fue otro que Moisés Cordovero, cuya obra consistió en «ordenar» en un sistema coherente todo el corpus cabalístico (poniendo el acento especialmente en el Arbol de la Vida y las sefiroth), al que le dio una estructura didáctica precisamente con el fin de hacerlo accesible a un mayor número de personas. Dice nuestro autor al respecto:
A nuestro entender la labor de sistematizador de Cordovero fue la que trajo a Safed a dichos alumnos y el interés por un juez entendido no sólo en asuntos legales sino también en temas religiosos y talmúdicos, y que a los veintisiete años no solamente había finalizado el Pardés Rimonim, sino que había encauzado su vida en el estudio de la Torah y la Cábala pese a su prestigio exotérico. Y pensamos que su formación jurídica ha tenido mucho que ver con el texto de su primer libro y que su método y modo de sistematizar son absolutamente «universitarios» tal cual se podrían nominar hoy en día, ya que la división en ítems y subtítulos, con el aditamento en la exposición de primero, segundo, tercero, etc., y a su vez las subdivisiones que también se numeran no es la de la literatura sacra, estudiada hasta aquí, sino su propia creación, tal vez más adecuada para un estudiante actual que lo que podrían ser los diversos capítulos del Zohar u otras producciones cabalísticas. (220-221).
Cita a continuación el siguiente pasaje de El Jardín de Granadas, en el «que expone de manera clarísima el tema de la Unidad en la multiplicidad»:
En el principio, En Sof, emanó diez sefirot, que son de su esencia, unidas a ello. Ello y ellas son enteramente uno. No hay cambio o división en el emanador que se justificaría diciendo que ello está dividido en partes en estas varias sefirot. La división y el cambio no es de ello, solo de las sefirot externas.
Para ayudarte a concebir esto, imagina el agua fluyendo a través de receptáculos de diferentes colores: blanco, rojo, verde y así sucesivamente. Conforme el agua se esparce a través de esos recipientes, ella parece cambiar en los colores de los recipientes, aunque el agua está exenta de todo color. El cambio de color no afecta al agua en sí misma, sólo nuestra percepción del agua cambia. Y así es con las sefirot. Ellas son recipientes, conocidos por ejemplo como, Hesed, Gueburah y Tiferet, cada uno coloreado acorde a su función, blanco, rojo y verde, respectivamente, mientras que la luz del emanador –sus esencias– está en el agua, sin tener color alguno. Esta esencia no cambia; sólo parece cambiar al fluir a través de los recipientes.
Mejor aún, imagina un rayo de luz del sol brilla a través de un vitral de diez colores diferentes. La luz del sol no posee ningún color en absoluto, pero parece cambiar de matiz al pasar a través de los diferentes colores del vidrio. La luz coloreada irradia a través de la ventana. La luz no ha cambiado esencialmente, aunque sí pareciera hacerlo para el espectador. Así mismo, con las sefirot. La luz que se viste a sí misma en el recipiente de las sefirot es la esencia, como el rayo de la luz solar. Esa esencia no cambia de color en absoluto, ni el juicio ni la compasión, ni lo derecho o izquierdo.
En otra parte de Pardés Rimonim, en el apartado titulado «La Puerta Trigésimo segunda: La Puerta de la Kavanah», expone lo siguiente:
En la Puerta anterior, se ha visto cómo el hombre es una «porción del Dios de lo alto». Si se es puro y recto en actos, y si uno se agarra a las cuerdas del amor que hay en las santas raíces de su alma, puede entonces ascender a cualquier nivel en todos los Universos [superiores]. Todo ello ha sido discutido en la Puerta anterior.
Cuando se es recto y justo, se puede meditar (Kaven) con pensamientos apropiados y ascender por los niveles de lo transcendente. Para ello hay que unificar todos los niveles del alma, uniendo punto con punto, llevando los distintos niveles del alma cada uno a ser vestidura del siguiente. El alma se torna entonces como un candelabro único, hecho de partes distintas que se han unido.
El individuo debe entonces unificar las Sefirot, haciendo que se aten entre sí con un poderoso nudo. El y su alma se convierten así en un canal a través del cual las Sefirot pueden ejercer influencia. Todas, desde la superior a la inferior, actúan entonces en concierto a través del nudo poderoso que las tiene atadas. Porque cuando alguien ata su alma al Alma [Superior] mediante su Mishnah, hace que las Raíces resulten atadas entre sí con un fuerte nudo…[544]
Como estamos viendo se trata de «unificar» los distintos niveles del alma mediante la integración de la inferior en la superior (lo que es otra forma de designar la transmutación alquímica), integración que necesariamente también une, o «anuda», a las sefiroth entre sí. Mediante ese proceso de «integración» o «reunión» de los distintos niveles de su alma, el hombre deviene finalmente un «canal» (eje) por donde fluyen las energías de las sefiroth (o atributos divinos) a fin de comunicar el mundo inferior al superior, y el superior al inferior, lo que da cumplida cuenta del papel central que juega el ser humano regenerado en el mantenimiento de esa comunicación y armonía entre la tierra y el cielo. De ahí la importancia tantas veces señaladas por los cabalistas, y por nuestro autor, de que el hombre transmute su naturaleza y realice todas sus posibilidades latentes, pues sólo así se hará un colaborador consciente en los planes del Gran Arquitecto (que es otra de las expresiones que utilizan los cabalistas para designar a la Deidad creadora), es decir en la obra de restauración y redención cósmica, la que prepara, por así decir, «el salto» a la realidad Ontológica y Metafísica.
Nuestro autor trata a continuación de La Dulce Luz, una obra, como todas las de Cordovero, basada en las enseñanzas del Zohar, y que continúa teniendo la misma estructura que Pardés Rimonim, es decir dividida en capítulos, temas y subtemas numerados:
Por otra parte mucho de lo que se dice son insistencias en asuntos tratados con anterioridad –aunque siempre nuevos– y con particular aguijoneo sobre las cualidades que necesita el aprendiz para acercarse a los estudios cabalísticos, cuyas dos grandes premisas podrán ser la humildad en el sentido de sentirse una y otra vez nada, lo que equivale a la soledad, y el respeto reverencial hacia lo sagrado, presente en todas las cosas, lo cual habla perfectamente de la grandeza de YHVH, bendito sea, que es en definitiva el estudio a que se dedica la Cábala por medio de los distintos planos cosmogónicos, también presentes en el alma humana, y las formas de enseñarlos a otros…
A continuación hace una síntesis, en aras de la claridad didáctica tan habitual en su obra, de algunos fragmentos de la sexta parte del libro, en la que Cordovero habla más ampliamente de las sefiroth y las relaciones entre ellas, si bien dicho capítulo comienza con En Sof, que es «la causa de las causas, y el principio de los principios», en palabras de Cordovero.
I-IV. Debe saber que ‘Eyn-Sof no es Keter como muchos creen, sino que ‘Eyn-Sof es la causa de Keter, y Keter el efecto del ‘Eyn-Sof que es el principio de los principios. Debe saber también que ‘Eyn-Sof es la causa principal de todas las existentes, y que no hay ninguna superior a ella, su primer efecto es Keter y es a partir de Keter que prosigue el encadenamiento de los demás efectos. No recusamos por ello el hecho de que Keter forme parte de las diez sefirot, como muchos han creído: forma parte de ellas pero solamente desde el punto de vista de los emanados mismos; sin embargo, según la modalidad del conjunto de la emanación a partir de diez [sefirot], Keter no aparece entre los emanados a causa de su grandeza, y estos últimos, en lugar de estar incluidos en él, son entonces incluidos en Da’at.
II-IX. La razón de ello es que los seres superiores dependen de los inferiores y los inferiores de los superiores, es por eso que el poder de lo inferior se encuentra en lo superior, y el de lo superior en lo inferior.
Por el contrario en lo que concierne a ‘Eyn-Sof, todos dependen de él y él de ningún modo tiene necesidad de ellos. (225).
Esa interrelación entre el mundo inferior y el superior está ampliamente descrita en La Palmera de Débora, un libro que pese a su brevedad ha sido, dice nuestro autor,
muy estudiado, traducido y comentado dada su gran importancia y la síntesis que implica, así como por su enorme poder sugerente, evocativo y poético que lo ha llevado a ser tal vez el texto cabalístico más editado a lo largo del tiempo.
En efecto, este es un texto enormemente sugerente y evocador, y en él también comprobamos –al igual que en las otras obras de Cordovero– que detrás de esa sistematización con que este insigne cabalista presenta la doctrina (en aras de hacerla accesible a un mayor número de personas, volvemos a repetir) siempre continúa latiendo y estando presente una poética y una belleza iluminadas permanentemente por la Inteligencia. Traemos aquí un ejemplo que pertenece al capítulo donde se habla de las «Cualidades de Hokhmah»:
Debes saber que la sabiduría tiene dos caras. La cara superior está vuelta hacia la Corona, aunque no la mira fijamente, sino que muestra su faz inclinada recibiendo el influjo de la Corona por arriba. El segundo rostro, más bajo, dirige su rostro hacia abajo para controlar a las sefirot, que reciben la emanación de Su Sabiduría. Por esta razón debe el hombre mostrar dos rostros: uno, en la soledad con su Creador, a fin de aumentar la sabiduría que el Santo, bendito sea, ha vertido en él. Este flujo de Sabiduría se vierte en cada sefirah según su justa medida, por lo que, necesariamente, la sabiduría es vertida sobre cada hombre según las dimensiones de su entendimiento, procurando no verter más sabiduría de la que el entendimiento del receptor es capaz de recibir a fin de evitar todo daño, pues la sefirah más elevada no añade nada a la cantidad determinada por los límites del destinatario. (229).
Queremos traer asimismo las últimas palabras de Federico en este acápite sobre Cordovero:
Debe destacarse especialmente, como lo suelen hacer los estudiosos, el ambiente de la ciudad de Safed donde se escribieron estos textos extraordinarios, muestra evidente no sólo de la reverberación de la Cábala Zohárica, sino también de la religión judía, su piedad y misticismo y la legislación de ese pueblo. Este segmento fundamental en esta tradición se produjo en poco tiempo, en gran parte gracias a la Cábala, y Cordovero denostó en varias de sus obras a ese impío rabinato oficial exclusivamente apegado a la literalidad y al cumplimiento de la ley, sólo por la ley misma.
Uno de los discípulos más destacados de Cordovero fue Elijah de Vidas (que también conoció a Isaac Luria, recibiendo igualmente su influencia), un apellido que denota su origen sefardí. Vidas es autor de una obra titulada Reshit Hokhmah (El Comienzo de la Sabiduría), que ha sido de los libros más difundidos
de la Cábala en general y a través del cual se han transmitido las enseñanzas –sobre todo ascéticas y místicas– de esta ciudad de Galilea…
El Comienzo de la Sabiduría está dividido en cinco «puertas»: «La Puerta del Temor», «La Puerta del Amor», «La Puerta del Arrepentimiento», «La Puerta de la Santidad» y «La Puerta de la Humildad». Cada una de ellas está dividida a su vez en capítulos. Nuestro autor escoge algunos extraídos de «La Puerta del Amor». He aquí algunas partes:
Capítulo I. La esencia del amor consiste en la entrega de nuestra alma y cuerpo para la santificación de Dios. Refiérase a lo que R. Simeón bar Y ohai, que en paz descanse, registró en el Zohar [1, 11b] donde aprenderá que la esencia del amor comprende la incorporación de la divina Misericordia [Hesed] dentro de la severidad del divino Juicio [Din]. Esto es, la frase bíblica «con toda tu alma» que significa rendir tu alma para la santificación del nombre de Dios. Pues cuando el Santo, Bendito Sea Él, ponga a prueba a una persona, bañándola con el Juicio –ya sea ésta un gran hombre o uno ordinario– para que llegue al punto de rendir su alma por su gran amor a Dios, ella deberá hacerlo como lo hicieron Ananías, Misael y Azarías. De esta manera un individuo puede incorporar la Misericordia dentro del Juicio. Igualmente, una persona debe incluir el Juicio dentro de la Misericordia, pues el individuo ama al Santo, Bendito Sea Él, por su Misericordia y las muchas cosas beneficiosas que Él hace por él, las cuales, todas, derivan de la Misericordia.
Capítulo II. Así esta recompensa de arriba es «contemplar la gracia del Señor» [Sal. 27, 4], como se ha explicado en más detalle anteriormente. Pues cada persona merece recompensa en el futuro en proporción a sus actos terrenales. Si ella merece recompensa solamente en el nivel del alma vital [nefesh], su lugar de descanso será donde las almas vitales residan después de la muerte. Y si merece recompensa en el nivel del espíritu [ruah], gozará del Paraíso. Si merece recompensa en el nivel del alma superior [neshamah], tendrá el privilegio de ascender al reino superior del Paraíso. Aquellos que alcancen el grado del alma superior son llamados amantes de Dios.
Capítulo VIII. Un individuo que busca unirse a la Shekhinah debe hacer continuamente algún acto en beneficio de Ella, ya sea este el estudio de la Torah, o algún otro mandamiento, a fin de incitar a las «aguas femeninas» dentro de Ella, pues la Shekhinah no está unida [a Tif’eret] salvo por medio de las almas de los individuos justos. Ahora, en vista de que este amor entre la Shekhinah y Tif’eret depende de lo justo, es importante que ellas se apresuren a unirse a Su amor.
(…) Pues Ella es «el tabernáculo de David que está caído» [Amós 9, 11], que cada día se hunde aún más bajo que el anterior. Todo esto a causa de nuestras transgresiones, como se dice: «Y por tus transgresiones fue aprisionada tu madre» [Is. 50, 1]. Pues a causa de nuestros pecados Ella cae más abajo, y por medio de nuestras justas acciones Ella se fortalece. Sirve, como un sustento para Ella, así como se dice en el Zohar [III, 40a]. Es ciertamente nuestra responsabilidad hacerlo, en vista de que la Shekhinah solicita de Israel, Sus hijos, que La provean de asistencia. Esto es que debemos ayudarla por medio de los yihudim[545] que acompañan nuestras oraciones, y nuestro estudio de la Torah, pues estos sirven para sustentarla y sostenerla. Aunque no haya [un perfecto] «matrimonio» intra-divino en nuestro estado de exilio, debemos aún fortificarla a través de actos de unificación que La provean con algún grado de inspiración. En cuanto a esto, el Tiquunim [146b] enseña: Pero ciertamente, mientras la Shekhinah permanece en el exilio, cada individuo que lleva a cabo un mandamiento a fin de sacarla de allí es considerado como uno que rinde homenaje al Uno Santo, Bendito Sea». Este es el deseo de la Shekhinah, a saber, que nosotros continuamente La unifiquemos por medio de la oración, el cumplimiento de los mandamientos, incluyendo actos de benevolencia y otros preceptos de la Torah…
Leyendo estos pasajes de Elijah de Vidas nos damos cuenta nuevamente del tesoro intelectual que representa Presencia Viva de la Cábala. Nuestro autor, eligiendo estos textos, seleccionando los fragmentos, nos ofrece también la oportunidad de conocer la dimensión ética de la Cábala, que es desde luego importante, pues se trata en el fondo de la proyección de los principios en el ámbito del comportamiento del ser humano, con respecto a sí mismo, a sus semejantes y a la Deidad. No se trata de simple «moral» tal y como se entiende hoy este término, sino de una forma de participar, y de colaborar, en la armonía interna del mundo, que, como nos enseña Elijah de Vidas, se sustenta en la unión de la Shekhinah con Tifereth,[546] es decir en la alianza entre el mundo de abajo y el mundo de arriba, siendo los actos del «justo» quienes la hacen posible.
El acápite sobre Isaac Luria (1534-1572) está dividido en cinco partes que intentan resumir los aspectos más destacados del pensamiento de este eminente cabalista: «El Tsimtsum o la ‘contracción’ creadora de En Sof»; «Yetser hara: la mala inclinación»; «La ‘Ruptura de los Recipientes’»; «Tiqqun. El Universo de la Rectificación», y finalmente, «Yichudim. La ‘Unificación del Nombre’».
De Luria se ha dicho que estaba inspirado permanentemente por el Espíritu de Elías (como por cierto tantos otros cabalistas, siendo la presencia de este profeta una constante en esta Tradición como hemos podido comprobar) al haber llegado su alma al nivel más alto de realización, lo cual él atribuyó, además de a la Gracia divina, a un trabajo muy intenso y riguroso consigo mismo. Su discípulo más destacado fue otro cabalista no menos eminente, Hayyim Vital, y a él se debe prácticamente la plasmación por escrito de las enseñanzas de su maestro, ya que éste apenas escribió, transmitiéndolas de forma enteramente oral. Cuenta Vital en su libro Etz Hayim (El Arbol de la Vida):
En cada generación ha habido seres excepcionales dignos de Ruach Hakodesh [el Espíritu Santo]. Elías se reveló a esos seres y les enseñó los misterios de la Sabiduría. Esto se encuentra en muchos lugares en los libros de los cabalistas (…) Pero debo también cantar alabanzas porque en cada generación el amor de Dios está con nosotros (…) En esta generación tampoco el Dios del primero y el último nos ha escatimado un líder tal (…) Nos envió un ángel (…) el grande y piadoso Divino Rabí, mi profesor y maestro, nuestro mentor, Rabí Isaac Luria Ashkenazí,[547] de bendita memoria. (…) (242-243).
Luria tenía en alta consideración a Moisés Cordovero, a quien llamaba su maestro. El tiempo que se conocieron fue bastante corto, apenas los últimos tres o cuatro meses de la vida de aquél. Fue gracias a Cordovero que Luria tuvo conocimiento de las enseñanzas de Abraham Abulafia, pues el Zohar ya lo conocía desde muy joven y era una de sus fuentes doctrinales más importantes. Cuenta Vital, en este caso en Sefer Ha-Gilgulim (Tratado de la Revolución de las Almas) que a veces se pasaba días y semanas enteras concentrado en un pasaje del Zohar que había atraído su atención, y así permanecía hasta haber encontrado el significado más oculto y profundo encerrado en él. Podríamos decir que, al igual que ocurre con Cordovero, en las enseñanzas de Luria confluyen las distintas tendencias de la Cábala, incluso el hasidismo, y desde luego existe una corriente hermética y gnóstica que puede apreciarse en algunas ideas relacionadas con el Tsim Tsum, la Ruptura de los Recipientes y el Tiqqun (la Rectificación), tres de las concepciones más elaboradas de su pensamiento, y que pudo entrever en la metafísica y la cosmogonía del Zohar y en general de la Cábala española y provenzal como hemos dicho.
Todos estos son temas muy profundos de la doctrina cabalística, y cuyo desarrollo responde también a una necesidad de comprender los caminos intrincados (para la mente humana) que toma la divinidad para dar lugar al hecho creacional; de encontrar una respuesta a la existencia del mal (que para Luria forma parte consubstancial de los mundos inferiores, pero que es fruto finalmente de un exceso de la severidad del juicio divino (Din) implícito en el drama cósmico que se desencadena con la «ruptura de los recipientes»); de entender que la existencia humana cobra todo su sentido en la idea del Tiqqun, que significa la «rectificación» y «restauración» del cosmos mediante la «irradiación de la gracia de todas las gracias como fundadora de todos los mundos», y de entender, igualmente, que ese proceso de restauración no está completado sin la participación del hombre, de que es éste el que acaba esa obra inmensa mediante su propia rectificación y restauración interior. Sobre Luria he aquí lo que nos dice Charles Mopsik:
R. Isaac Luria no se preocupa demasiado de rendir cuentas de la concepción teúrgica de la cábala a la tradición rabínica o al razonamiento teológico. La finalidad de sus imponentes construcciones teóricas es eminentemente práctica. El no explica el mundo –en sentido amplio– sino para mostrar cómo cambiarlo y llevarlo poco a poco a la redención. Cada etapa de los procesos teogónicos, cosmogónicos y antropogénicos que él describe como un espectáculo grandioso y de una extrema complejidad, no son más que las previas consideraciones relativas a la necesidad de reparar lo que ha sido roto, de acabar la obra empezada por la divinidad, que comienza en Dios mismo y se despliega dramáticamente, de episodio en episodio, hasta el más humilde de los hombres. Del más prosaico de los gestos, la manera de vestirse por ejemplo, hasta las ceremonias festivas excepcionales, nada está fuera del programa de reparación universal pacientemente elaborado por R. Isaac Luria, que se apoya sobre numerosas tradiciones judías y las fuentes cabalísticas anteriores que él selecciona con autoridad, amplifica detallándolas hasta el infinito, y revalorizando sus aspectos olvidados.[548]
La teoría del Tsim Tsum es quizá el aspecto más conocido de la doctrina de Isaac Luria, si bien tiene estrechas vinculaciones con el simbolismo de la «ruptura de los recipientes» y el resto de temas que se tratan en el acápite, pues naturalmente se ha de ver esa doctrina como un todo. Luria, según Hayim Vital, ve a la Creación como el resultado de una «contracción» del Dios infinito (En Sof), de tal manera que una parte de sí mismo se «retira» para que en ella se genere el proceso que conducirá finalmente a la manifestación cósmica. Como en este sentido dice el ya nombrado maestro hasídico Baal-Shem Tov, que fue también receptor de la enseñanza de Luria:
El Señor, bendito sea él, retiró su poderosa luz de una parte de sí mismo, y dejó un vacío para que sirviera como «lugar» para la expansión cósmica. [Esa luz] fue debilitada para permitir la existencia de almas, ángeles y los mundos materiales. (247).
En efecto, como nos dice el propio Hayim Vital la Creación no hubiera tenido lugar sin la previa «contracción» divina, sin el Tsim Tsum:
Cuando se piensa que el Santo, bendito sea, es infinito y que todo lo llena, se comprende fácilmente que toda idea de creación hubiera sido imposible sin el tsimtsum. ¿Cómo puede introducirse agua en un vaso lleno hasta el borde? El Santo, bendito sea, retuvo la santa luz que constituye su esencia; no es que disminuyera: Dios está en todo y no puede ni aumentar ni disminuir. Sólo que, como la luz de Dios es de tal pureza y tal brillo que eclipsa todo, incluso a los ángeles superiores, para hacer posible la existencia de los mundos celestes y de los mundos materiales, retrajo su poderosa luz de una parte de sí mismo, igual que un hombre que hace una ligadura en uno de sus miembros para impedir el contacto de la sangre que corre por encima de la ligadura con la que corre por debajo. (249).
Lo que dice Vital es muy interesante de retener. No hay una disminución de la luz infinita, o sea que esa «retirada» no significa que Dios se «niegue» a Sí mismo en algún «lugar» de Sí mismo (lo cual sería completamente absurdo), sino que es un acto de autolimitación por medio del cual retira de un punto su luz que lo llena todo, pues si no fuera así:
¿Cómo podría darse la Creación? ¿Cómo podría lo finito existir dentro del Infinito? O como dice G. Scholem ¿Cómo puede existir un mundo si Dios está en todas partes? (247).
El Eterno «actualiza» en Sí mismo esa potencia del Juicio (Din) para «autolimitarse» en una parte de Sí Mismo, y ello con el fin de «conocer» sus posibilidades de manifestación, posibilidades que con respecto a lo realmente Inmanifestado, constituyen tan solo un «punto», al que podríamos comparar con un grano de arena en la inmensidad del desierto.
Es dentro de ese «punto» (que el Zohar denomina tehiru, el espacio primordial y receptivo) donde la Manifestación Universal se despliega con todos sus planos y niveles, tanto espirituales y sutiles como materiales. Sin embargo, para que el Cosmos sea una realidad, para que en definitiva las cosas tengan existencia, no basta tan sólo con el poder contractivo; sobre ese espacio vacío primordial, que es la propia receptividad divina, desciende de En Sof la «chispa» fecundadora de la letra yod, la primera del Nombre Inefable de Dios, del Tetragrámaton, letra que es una «medida cósmica» conteniendo el poder formador y organizador del futuro Universo.[549] Este poder puede considerarse como una manifestación de su Misericordia. Sobre todo esto leemos en las p. 251-252:
El espacio que genera el tsimtsum, la contracción divina, tiene forma circular, o esférica, pues se dirige en todas direcciones al mismo tiempo. Dicho espacio, como ya se dijo, es llamado tehiru y constituye un espacio vacío que es la propia receptividad divina, Binah (la Madre Suprema, o Shekhinah celeste), presta a recibir la potencia creadora y expansiva mediante la irrupción fecundadora de la letra Yod. [Esta letra] por su valor numérico, el 10, contiene dentro de sí las «medidas» esenciales por las que el Universo es creado. Y al mismo tiempo, por su tamaño y su forma, como si se tratase de un germen de luz y fuego, resulta ser también la más pequeña de las letras, por lo que se convierte en la simiente a partir de la cual todas ellas se forman, constituyendo así el alfabeto sagrado con el que se escribe la Torah primordial [arquetípica]. La letra Yod aparece así como la totalidad y la potencialidad creadora de En Sof, cuya acción llena el vacío oscuro [de su receptividad maternal] describiendo en él puntos y círculos concéntricos (…), y líneas rectas que ascienden y descienden por ese espacio virginal hasta conformar el Adam Qadmon le-kol ha-quedumin, el «Hombre Primordial que precedió a todos los demás primordiales», o sea el arquetipo del Arbol de la Vida sefirótico.
En efecto, el Adam Qadmon es el arquetipo del Arbol Sefirótico, puesto que de su boca, orejas y nariz emanan puntos, líneas, círculos y también lazos, que devienen las matrices formativas (Ideas Arquetípicas) de las diez sefiroth, que estaban en un estado de indiferenciación en el «Océano de su Compasión Infinita», otro nombre de En Sof. Según esto último, y si tenemos en cuenta que existe un Arbol Sefirótico entero en cada uno de los cuatro mundos (en Atsiluth, Beriyah, Yetsirah y Asiyah), el proceso de creación primigenio de que estamos hablando tiene lugar en el Arbol Sefirótico contenido en el mundo de Atsiluth, es decir en el plano más alto posible, en la vida más oculta de la Divinidad. De allí en más se produce la emanación que dará lugar a la Manifestación universal.
Por lo tanto, el proceso de emanación no se contradice con el Tsim Tsum, que como vemos, y según la enseñanza de Luria expuesta por Hayim Vital es anterior a él, y además la emanación ha de expandirse en un «espacio» donde la «presencia» de Dios no sea absoluta pues de lo contrario no habría emanación, pero al mismo tiempo tampoco puede estar ausente completamente, ya que entonces la Creación tampoco existiría. El Dios trascendente, Inmanifestado, se hace entonces inmanente en la Creación por medio nuevamente de la letra yod, la «chispa» divina que también está presente en el corazón del hombre[550] y que actúa sobre él de manera análoga a como lo hacía sobre el espacio primigenio y precósmico: desplegando en su interior su poder fecundador e iluminador para que actualice todas sus potencialidades dormidas.
Tal y como dijimos en su momento, traemos aquí estas oportunas palabras de Hayim Luzzatto que de alguna manera sintetizan todo lo anterior y donde de manera muy sutil también describe la creación de los dos mundos, el Universal y el individual:
En el principio, nada existía aparte de su Presencia, siendo su luz o energía de una gran intensidad; en Su proximidad ninguna existencia era posible. Su primer acto en esta creación fue el de contraer Su luz en un cierto espacio, con el fin de disminuir su intensidad, y permitir así la existencia de las criaturas. Después de esta contracción, un rayo de Su luz penetra en este espacio vacío, y forma las primeras sefiroth. Un primer mundo: «Adam Qadmón» fue creado y de él salieron otras luces-sefiroth. No habiendo receptáculos individuales, estas luces retornaron a sus fuentes y volvieron a salir diferenciadas. Esto se denomina ‘Olam Ha ‘akudim (el mundo de los vinculados). (318-319).
Complementario con lo anterior habla seguidamente del Eterno en su función de Gran Arquitecto, narrando el proceso de jerarquización que creará la estructura cósmica:
Uno de los principales fenómenos creados por el Eterno es la medida y los límites, pues en Su estado abstracto no hay límites ni medidas. Mas en conformidad con Su deseo de que hubiera un orden de niveles, El creó todo con medida y dispuso las criaturas por nivel, una debajo de la otra, de la primera a la última. Y en cada nivel, El midió cuanto habría de imperfección y cuanto de bien y perfección. Y según esa medición, así fue la naturaleza de cada nivel particular con todas sus facetas y modalidades, donde todas operan dentro de sus propios contextos, cada una dentro de su propio marco… (321).
Por nuestra parte queremos decir que toda la complejidad de esta doctrina cabalística comienza a entenderse cuando la aplicamos al propio proceso iniciático vivido por el ser humano, un proceso que ha de recorrerse en sentido inverso, pues el hombre parte de una indiferenciación, o de un «caos» personal, que es un reflejo invertido de la Indiferenciación divina, del «Caos» o «Tinieblas Superiores», donde toda la Creación está absorbida y realizada en su plenitud. Por el contrario, en ese «caos» individual todo está en potencia y sin realizar. La idea de «regresar», de «invertir el camino» para volver nuevamente a nuestra morada original, a la «Casa del Padre», cobra aquí su pleno sentido.
Por consiguiente, las ideas de «retirada», de crear un espacio interior, espiritual, delimitado mediante el rigor intelectual y el sentido del juicio; la invocación incesante del Nombre Divino (sintetizado en la yod) para iluminar ese espacio interior con su Gracia y Misericordia; la no menos necesaria «destrucción de las vasijas», que son nuestros egos multiformes, los cuales son incapaces de albergar el flujo incesante de la luz divina; el proceso de «rectificación» y de «restauración» que sigue a todo ello; y finalmente entregarnos a la Voluntad del Cielo para que se haga en nosotros el Ser y lo que No Es, todo eso, decimos, es lo que entendemos que estos maestros de la Cábala, de la Tradición, quieren decirnos con sus benditas enseñanzas.
Como dice nuestro autor en la nota 268 (en el acápite de Hayim Vital que vienen a continuación): «Se ve en pequeño, en el microcosmos, o el alma, lo que es en grande, el permanente hacerse del universo, dos procesos que unidos constituyen la integración en la cosmogonía».
Tal y como venimos diciendo, la doctrina de Luria se conoce especialmente a través de Hayim Vital, sobre quien trata el acápite que viene a continuación, y pensamos que sería más oportuno centrarnos en él para que a través del conocimiento de la obra de este importante autor comprendamos también más en profundidad el pensamiento de Luria, al cual Vital quiso ser fiel siempre, e incluso
era ya su pensamiento, más aún cuando en vida había tenido una relación de tipo teúrgico con él, al punto de que parece que detectaban comunicaciones invisibles a distintos niveles entre ambos. (285).
Vital también fue discípulo de Cordovero, a quien conoció antes que Luria. O sea que estamos ante un cabalista que quiso el Destino fuera el receptor de las enseñanzas de estos dos grandes maestros, y con todo ese bagaje doctrinal, dice Federico, pudo construir el edificio de lo que hoy nos ha llegado con el nombre de Cábala. Además de El Arbol de la Vida, escribió el Libro de la Visiones (Sefer ha-Hezionot), de carácter autobiográfico, Las Puertas de la Santidad (Sha’aré Qedusha), y también la que es considerada su obra cumbre, la voluminosa Shemoneh Shearim (Las Ocho Puertas), dentro de la cual está el Tratado de las revoluciones de las almas (Sefer ha-Gilgulim),
que trata de la transmigración de las almas, tema con el que estaba muy familiarizado, pues lo vivía en carne propia de acuerdo con su autobiografía. En «Las Ocho Puertas» compendia todo el pensamiento de su maestro (aunque escrito de propia mano), con lo que estuvieron de acuerdo los principales sabios judíos del Cercano Oriente, lo cual ha sido tomado posteriormente como las enseñanzas verídicas de Luria. (284-285).
Nuestro autor advierte en nota a pie de página y de manera muy oportuna, que no hay que
confundir la transmigración de las almas propia de tradiciones muy cerradas como la Cábala (guilgul) o la permanente ritualización del Budismo Mahayana en donde los antepasados están siempre presentes pues se comunican constantemente con ellos, tanto los míticos como los reales, los que habitan un espacio diferente, pero igualmente válido, con lo que hoy en día se supone es la reencarnación.
Más adelante Federico vuelve a tratar este tema cuando transcribe una parte del Libro de las Visiones, lo que le da pie a realizar una serie de comentarios que nos introducen en este aspecto de la sabiduría cabalística que ya se encuentra presente en el Sefer ha Bahir, en el Zohar y otros textos, y que Vital desarrolla ampliamente partiendo de las enseñanzas recibidas por Luria, doctrina que, como dice nuestro autor, reúne una serie de particularidades que son propias de la tradición cabalística.
La raíz de cada alma está arraigada al alma de uno o varios antepasados, lo que constituye su «linaje espiritual». O sea que los antepasados están presentes y existe una comunicación permanente con ellos pues se habita el mismo espacio invisible.[551] Sus almas representan estados que están también en el alma del cabalista que pertenece a la raíz de su linaje, aunque lo están como posibilidades que tiene que desarrollar y transmutar en sí mismo. Por otro lado, llevando a cabo esa transmutación también «restaura» los «pecados», o «errores», de sus antepasados, o sea que, como dice Federico, el cabalista se vive y se asume a sí mismo como parte de un proceso en el que participa y que viene de sus antepasados, es decir la revolución de las almas, la transmigración.[552] Por «revolución» hemos de entender aquí una «vuelta» completa del alma que le permite conocer todas sus posibilidades y realizar el viaje por los distintos planos manifestados del Arbol de la Vida, que son también los planos del Alma Universal, es decir del Microposopos: el alma grosera, la anímica y el alma superior, cada una de las cuales es en sí misma un mundo con distintos grados dentro de sí. Mediante este «recorrido», que al mismo tiempo va siendo un «reconocimiento» de nuestra identidad esencial, cada alma se va absorbiendo en la que le sigue inmediatamente en su ascenso, hasta ser absorbidas todas en el plano más alto que es el del Espíritu, el de la Emanación, Atsiluth, el Macroposopos. En este sentido, el gilgul formaría parte del Tiqqun, es decir de la rectificación y restauración cósmica y humana, según lo que hemos visto anteriormente.
Nuestro autor relaciona todo esto con la transmutación alquímica, que constituye:
el proceso espiritual que se va desarrollando en el alma del adepto, el que va conociendo distintos planos de la realidad, reflejados en sí mismo, y es por un camino ascendente como se desarrolla la senda invertida del Arbol sefirótico cabalístico, a fin de llevar el plano de Asiyah al de Atsiluth, de efectivizar ese conocimiento de las distintas almas, o mundos que el ser humano posee en sí, [553] o sea la metanoia griega. En la alquimia el recipiente, sujeto de la Gran Obra, debe ir –mediante disoluciones y coagulaciones– transformándose de lo más denso a lo sutil, tal como lo sólido se licua para transformarse finalmente en gas; todo este proceso se verifica en el alma del adepto que participa así de las revoluciones cósmicas, ya que la iniciación es comparable a la gestación de una creación, tal la del mundo. De allí la identidad entre Cábala y Alquimia, unidas como métodos, o mejor, posibilidades intelectuales reveladas a los hombres por diversas entidades espirituales, que llevan los Santos Nombres asignados a todas las cosas en la Creación. (300).
Precisamente, Vital también tuvo un interés en la alquimia (así como en la astrología, astronomía, magia cabalística y otras ciencias esotéricas), tanto en sus aspectos puramente técnicos y materiales, como en su dimensión mágico-religiosa, conocedor como era de las relaciones y vínculos entre el mundo celeste, intermediario y terrestre. Nuestro autor dice al respecto que la terminología utilizada por Vital es, como la hermético-cristiana, heredera de la griega y la árabe, y que además de su interés en los experimentos naturales, su propósito y su fin siempre era espiritual.
Volviendo nuevamente al «linaje» de Vital, éste explica en el Libro de las Visiones (y también en Sefer Ha-Gilgulim) que la raíz de su alma pertenecía a la línea transmigratoria que parte de Caín, que ha sido también a lo largo del tiempo la de algunas organizaciones iniciáticas y herméticas. Es un linaje que, digámoslo de pasada, ha revestido una gran importancia en la historia de la humanidad, y a él se debe nada menos que la idea de la civilización y su proyección en el tiempo, pues se sabe que Caín fue el primero en edificar una ciudad (civitas, de donde civilización), llamada Henochia, nombre de uno de sus hijos, Henoch.
Con el fin de sintetizar este asunto tan complejo de la primera genealogía bíblica y sus ramificaciones en el tiempo, nuestro autor acude a la obra de Lawrence Fine Physician of the Soul, Healer of the Cosmos, Isaac Luria and his Kabbalistic Fellowship. Transcribimos enteramente el pasaje pues nos hará conocer mejor las naturalezas tanto de Abel como de Caín, y más especialmente esta última, con sus sombras pero también con sus luces de una pureza diamantina:
Además de la línea ancestral del alma que se extiende desde Adán, a Abel, a Moisés, a Shimon bar Y ohai, a Isaac Luria, hay paralelamente una línea de transmigración del alma que empieza con el otro hijo de Adán, Caín, y conduce ultimadamente a Hayyim Vital. Vemos que a pesar del hecho de que el Zohar considera a Caín como teniendo su origen en la suciedad producida por la serpiente en el Jardín del Edén, mientras que Abel es del «lado de Adán», no debiéramos engañarnos. Pues el Zohar también habla de Caín y Abel como unidos en su conexión con el Arbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Como consecuencia del pecado de Adán, el bien y el mal se mezclaron juntos totalmente. Así, cuando Caín y Abel nacieron, ellos también, y cada uno, estaba compuesto con elementos del bien y del mal, radicando la diferencia en que Abel era primeramente bueno, con un grado menor de mal, mientras que Caín era primeramente malo, poseyendo un menor grado de bien. Sin embargo, el elemento positivo de Caín era de una cualidad extremadamente mayor, dado el hecho de que era el hijo primogénito y tomó para sí el más alto grado del «bien». En otras palabras, a pesar del hecho de que Caín y Abel aparentan haber tomado direcciones completamente opuestas, son fundamentalmente similares, poseyendo cada uno de los dos lo bueno y lo malo. Ontológicamente hablando, son más parecidos que lo que son de diferentes. Y en uno de los giros más paradójicamente sorprendentes en el pensamiento luriánico, el alma de Caín es en realidad superior a la de Abel por virtud de haber sido el primero (…)
Así como con Luria, el ancestro del alma de Vital también llevaba semillas mesiánicas, en cuyo centro estaba la figura de Caín. En cuanto a que era el primogénito de Adán, éste estaba dotado de varios dones espirituales, siendo estos «la corona real» (keter malkhut), el «sacerdocio» (hekunah), y «los derechos de nacimiento» (bekhora). A pesar del hecho de que Caín era un pecador, en parte, en virtud del legado transgresivo de su padre, y en parte por su propio hacer, como ya se ha dicho, su estatus de primogénito lo hace superior a Abel. Así, mientras que el ancestro del alma de Abel conduce al Mesías, hijo de José, el alma de Caín –y la línea transmigratoria que deriva de él– es la del Mesías, hijo de David. El cumplimiento de la promesa mesiánica de su alma depende de su completa purificación y perfección a través de una sucesión de gilgulim en el curso del tiempo. (302-303).
Bajo la perspectiva del gilgul, de la transmigración, asistimos también a una concepción de la Historia que no está en los manuales oficiales. Pero es evidente que, al menos en lo que respecta a la Historia del pueblo judío, la interrelación con los antepasados ha sido el factor determinante que la ha tejido, y en todo ello el eje vertebrador ha sido sin duda el texto bíblico revelado por la Deidad y las interpretaciones que sobre él han hecho sus profetas y sabios, como todos los que se han nombrado (y los que no se han nombrado) a lo largo de las páginas de este libro realmente iluminador, de cuya lectura nadie puede salir indiferente, ni indemne, como si nada hubiera pasado dentro de sí ante la majestad, la belleza y la profundidad de las ideas vertidas. Un libro en cuyo título aparece la palabra «Presencia» no por casualidad, sino para indicarnos que efectivamente en él no se están relatando hechos del pasado sino que las ideas-fuerza que vehicula y a las que sirve de soporte están siempre presentes, y vivas, en el ámbito interno del alma humana.
Y en relación con lo que decíamos anteriormente, queremos acabar con las siguientes palabras referidas en la obra precisamente al papel aglutinador que tuvieron los cabalistas de Safed para la cultura judía en un momento crucial de su historia, y que de una u otra manera, bajo condiciones favorables o adversas, siempre ha repercutido de manera eminentemente benéfica en la propia cultura de Occidente:
Y a nos hemos referido al ambiente sagrado, incluso piadoso, que tomó la ciudad en ese entonces que actuó como medio para que cuajasen varios profetas. En semejante atmósfera de unidad, de armonía y orden, de disciplina e intelectualidad, que caracterizó a dicho centro (como anteriormente a los de Provenza y Sefarad), no era raro que esa misma predisposición posteriormente encarnara en una entidad, el pueblo judío, su cultura y pensamiento, o sea los hijos de Israel, que han sabido recrear ese espacio, esa presencia hasta nuestros días, donde la Cábala ha recuperado gran parte de su valor de siempre.
Por lo que no es de extrañar que en una atmósfera de tal naturaleza, donde la Cábala está viva y actúa en la existencia de la comunidad judía, gran parte de ella empeñada en la transmutación (vertical), se produzca la metempsicosis, que es una proyección de ella en el plano horizontal, que contiene las personalidades y energías propias de la cultura de ese pueblo, los antepasados con los que se comulga y convive, conformando una entidad tan poderosa que puede encarnar una y otra vez en los miembros de ese espacio y producir un renacimiento de esa cultura, es decir, el descubrimiento de luz, una ciudad secreta cuya entrada es una pequeñísima almendra situada en la base de la columna del microcosmos bien custodiada por ángeles, guardianes que facilitan o impiden el acceso a cualquier conocimiento.
[544] Aryeh Kaplan: Meditación y Cábala, cap. V.
[545] Unificaciones.
[546] A través de Tifereth también se manifiesta la energía axial de Metatrón.
[547] Aunque Luria nace en Jerusalén (pasando sus dos últimos años en Safed), los ascendientes por parte de padre era de origen asquenazí. Al parecer por parte de madre sus antepasados eran originarios de España.
[548] Les Grands Textes de la Cabale.
[549] Como dice el Zohar la letra yod «es el punto de partida de toda mi Voluntad», dando a entender que se trata de la Voluntad creadora.
[550] Como dice la Cábala «Dios se hace pequeño para habitar dentro de nosotros, que somos seres limitados». Recordemos en este sentido el simbolismo del «grano de mostaza» evangélico, o la frase tantas veces utilizada por Federico en su didáctica: «lo más pequeño es lo más poderoso».
[551] Cuenta otro cabalista que perteneció a la escuela de Luria y que vivió en el siglo XVII y principio del XVIII, Rabí Mosheh de Praga: «El [Luria] nos reveló además que era una reencarnación de Rabbí Shimon bar Y ochai y que sus discípulos eran reencarnaciones de los de Rabbí Shimon. Por esa razón, cuando iba a [la cueva de Rabbí Shimon en] Meron, los colocaba en el orden correspondiente. El mismo se sentaba en el lugar de Rabbí Shimon bar Y ochai, Rabbí Chaim Vital era colocado en el lugar de Rabbí Eliezer, hijo de Rabbí Shimon, y Rabbí Benjamín Cohen en el lugar de Rabbí Abba. Los otros siete discípulos eran situados en los lugares de los «siete Ojos de Dios», cada uno en su sitio correspondiente de acuerdo con su reencarnación». Meditación y Cábala, de Aryeh Kaplan. En este texto, en vez de reencarnación hemos de leer transmigración.
[552] La metempsicosis tendría que ver más bien con otro término, ibbur, «impregnación», por medio de la cual el alma del adepto recibe la energía de otra (ya sea de un antepasado o no) para acabar de cumplimentar un determinado aspecto de su realización espiritual.
[553] Es por esto precisamente que se habla de transmigración, que se refiere al cambio de estado del alma tras la muerte corporal y a su recorrido por los estados múltiples del ser hasta unirse definitivamente con el Sí Mismo.
ISBN 9788492759668. Ed. Libros del Innombrable. Zaragoza 2014.